3) Creo que para responder esa pregunta primero debemos entender cómo se vive el sexo en nuestra época. El sexo, como concepto, permanece relativamente estable; lo que cambia es el uso que cada sociedad hace de él.
Hace cincuenta o sesenta años, la sexualidad estaba mucho más atravesada por prohibiciones morales y religiosas. El sexo, especialmente entre hombres, podía representar una transgresión. Hoy pasamos prácticamente al extremo contrario: de una cultura que prohibía el sexo a otra que nos exige estar permanentemente sexualizados.
Actualmente pareciera que debemos exhibir nuestro capital erótico, convertirnos en productos deseables y demostrar constantemente nuestra disponibilidad sexual. Y cuando el sexo se transforma en mercancía, comienza a responder a una lógica de exhibición, consumo y descarte.
Yo dividiría la experiencia sexual contemporánea en cuatro momentos:
1. El deseo. Vivimos expuestos a un catálogo infinito de cuerpos y situaciones idealizadas. Paradójicamente, tanta exhibición puede terminar debilitando el erotismo. Estamos permanentemente estimulados, pero eso no significa que estemos permanentemente deseando.
2. La concreción. El levante, las aplicaciones, los chats y la programación del encuentro. Creo que esta instancia está profundamente atravesada por la ansiedad. Nos acostumbramos tanto a representar excitación que muchas veces terminamos disfrazándonos de personas permanentemente calientes, porque sabemos que esa representación es recompensada con visibilidad y validación.
3. El sexo. Acá aparece mi interés por la dominación y el sometimiento. En mi caso, la autoridad masculina forma parte de una construcción personal anterior a las redes, aunque reconozco que, al convertirla en contenido, ciertos rasgos deben exagerarse. También observo que la sobreestimulación contemporánea parece generar una búsqueda constante de experiencias más intensas, de nuevas fantasías y fronteras que atravesar. La dominación consensuada puede ofrecer ese componente de transgresión, pero también de confianza y entrega.
4. El después. Quizás sea el momento más revelador. Si nos presentamos como productos eróticos, ¿qué sucede cuando termina el consumo? Muchas veces aparece el descarte. Sabemos producir deseo, organizar encuentros y consumir cuerpos, pero no siempre sabemos qué hacer con el otro cuando desaparece la excitación.
Por eso, no considero que el sexo recreativo y la conexión afectiva sean necesariamente incompatibles. Puedo disfrutar de una experiencia sexual sin pretender construir una relación sentimental. La conexión tampoco tiene que traducirse obligatoriamente en enamoramiento o continuidad.
Lo que cuestiono es esta obligación contemporánea de convertir nuestra existencia en una oferta sexual permanente.
Quizás la verdadera transgresión de nuestra época ya no sea tener sexo, sino recuperar la libertad de desear sin necesidad de demostrarlo constantemente.
Replying to @Raytopk
-¿Cuáles son los productos culturales (libros, películas, etc) relacionados al tema de dominación entre hombres que más te gustan?
-¿Cómo fue tu primer experiencia dominando a un hombre?
-¿Te satisface ver al sexo como algo recreativo o sueles buscar tener conexión efectiva?
Tremendo, me encantan estas preguntas. Vamos una por una.
Mi primer producto cultural fue mi propia crianza. Crecí rodeado de padres, tíos y abuelos vinculados a instituciones estatales relacionadas con la seguridad, un camino que posteriormente también elegí recorrer. Ese entorno me proporcionó una concepción de la masculinidad asociada a la autoridad, el liderazgo, la fortaleza, la disciplina y, fundamentalmente, la templanza.
En cuanto a la literatura, siempre me interesaron los filósofos que problematizaron las relaciones entre el individuo, el poder y la sociedad: Nietzsche, Foucault, Heidegger y, más contemporáneamente, Byung-Chul Han. En el cine, una de mis películas favoritas es El Padrino, precisamente por su representación de la autoridad masculina, sus códigos, sus jerarquías y sus contradicciones.
Sin embargo, hay una distinción fundamental: ninguna de estas influencias estaba relacionada originalmente con la dominación sexual entre hombres. Lo que me interesaba era la relación de dominación entre el hombre y el mundo. Su traducción a una estética homoerótica fue una elaboración personal.
Alrededor de 2018 comencé a observar un clima cultural en el que la deconstrucción masculina parecía haberse convertido en un imperativo moral, particularmente dentro del ambiente gay. Frente a ese fenómeno, empecé a imaginar una contracorriente: una masculinidad que no necesitara justificarse permanentemente ante los discursos dominantes.
Mientras el mandato cultural parecía exigir una deconstrucción masculina, yo decidí emprender una reconstrucción masculina.
No se trataba simplemente de reivindicar una masculinidad tradicional ni de reproducir mecánicamente los modelos heredados. Se trataba de seleccionar determinados atributos (autoridad, dirección, firmeza, autonomía) y resignificarlos desde mi propia experiencia como varón.
De alguna manera, convertí aquello que ciertos discursos contemporáneos presentaban como sospechoso en el fundamento de mi identidad y, posteriormente, de mi capital erótico.
Y esto es importante: aquella reconstrucción no nació como una estrategia de monetización ni como un personaje diseñado para las redes sociales. Fue, antes que nada, una forma de resistencia individual frente a un clima de época que percibía cada vez más normativo. Desconfío profundamente de los discursos que pretenden establecer la manera correcta de ser hombre, de ser gay, de producir contenido para adultos o de exponerse públicamente. Considero que muchas de esas prescripciones funcionan como dispositivos de control, incluso cuando se presentan bajo el lenguaje de la libertad, la diversidad y la inclusión.
En ese sentido, creo que durante la última década determinados sectores de la cultura queer adquirieron una posición hegemónica dentro de la representación pública de la homosexualidad. Y esa hegemonía produjo sus propios mecanismos de legitimación: discursos autorreferenciales, exhibiciones permanentes de empatía y una necesidad casi compulsiva de demostrar superioridad moral.
Por eso, cuando me preguntan por mis influencias culturales en relación con la dominación entre hombres, mi respuesta es que no tomé la dominación masculina del universo gay: tomé determinados símbolos de autoridad del mundo en el que fui criado y los trasladé al universo homoerótico. Puedo decir que construí una expresión de mi sexualidad a partir de una masculinidad que ya me pertenecía.
Y quizás esa sea la característica más importante de todo mi recorrido: no me interesó aprender a ser el homosexual que mi época esperaba, sino descubrir qué podía hacer con el hombre que ya era.
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Además me la baja esa visión de una relación como "remanso de posibilidades". El amor no tiene que suspender nada de la propia realización. Ver las relaciones de esa manera como que revela que se utiliza al amor como una distracción o peor aún una forma de renuncia a uno mismo. No a todo eso.
Depende si hay alguna maraca con ganas de sentirse hembra me quedo así. El olor a pija y a macho son terapéuticos para muchas putitas que andan ansiosas sin una razón de ser. Entonces ya esa sola ventaja química les da tranquilidad, se sienten cómodas cuando sienten olor a hombre. Están útiles y en paz.
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Alex West or Evan Hayek — who would you pick? 👇
(Wrong answer: only one)
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Me dio morbo verlo y le ofrecí ride para mi depa 👅🥵 quería probarle la enorme verga que se le veían en los videos ufff me quite el deseo
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