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In Fahrenheit 451, the chief book-burner, Captain Beatty, describes how reading became obsolete because the public demanded increasingly fast-paced entertainments, and those entertainments slowly corroded their ability to think. “Books cut shorter. Condensations. Digests, tabloids. Everything boils down to the gag, the snap ending. Classics cut to fit fifteen-minute radio shows, then cut again to fill a two-minute book column … Many were those whose sole knowledge of Hamlet was a one-page digest in a book that claimed, ‘Now at last you can read all the classics.’ … School is shortened, discipline relaxed, philosophies, histories, languages dropped, English and spelling gradually neglected, finally almost completely ignored. Life is immediate, the job counts, pleasure lies all about after work. Why learn anything save pressing buttons, pulling switches?”
In this passage Ray Bradbury foretells the intellectual hollowing out of the working class, the advent of AI-generated “summaries” of classic novels, the attention-frying culture of short-form video, the relaxation of educational standards into non-existence. All of this in a book published in 1953.
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Voy a presentar un proyecto para que la Diputada Alida Ferreyra de La Libertad Avanza, defensora de la dictadura militar, sea obligada a escuchar los gritos de las mujeres y los hombres torturados con violaciones, picana y todo tipo de crueldad por los genocidas a los que ella va a visitar a su encarcelammiento vip.
me puse a leer esto (ponete a laburar) pero con mis 7 humildes años de fiesta electrónica no entiendo el que te escupan una cáscara babeada en el cuello? lanzo todo ahí nomás
FUI POR PRIMERA VEZ A UNA FIESTA ELECTRÓNICA.
Fui a una fiesta electrónica. A los veintiséis años, por primera vez, porque un compañero de trabajo me dijo un jueves a las seis de la tarde “el sábado venís”. No lo preguntó. Yo dije que sí con esa velocidad del que cree que todavía está a tiempo de arrepentirse y después descubre que no.
Tocaba un tal Solomun. O Salomón, como el rey. Nunca lo averigüé. Yo durante toda la semana le dije “el concierto”; me corrigieron dos veces y las dos veces seguí diciéndole el concierto.
Le pregunté por WhatsApp cómo había que ir vestido. Me contestó “normal”. Esa palabra me arruinó tres días. Terminé con una camisa. Una camisa celeste. Él, cuando me vio, no dijo nada, que fue infinitamente peor que decir algo.
Pero el problema serio no era la ropa. El problema serio era qué iba a hacer yo, que no consumo absolutamente nada, con las manos y con la boca durante seis horas.
Esa pregunta me la hice el sábado a la una y media de la mañana, parado en el kiosco de la esquina de mi casa, frente a la vidriera, con una seriedad que el momento no ameritaba. Descarté los chicles enseguida: duran once minutos y después uno queda con un chicle usado y ningún plan. Los caramelos me parecieron infantiles y además pegajosos. Consideré las pastillas de menta y las deseché por un motivo que no puedo explicar pero que tenía que ver con la dignidad.
Compré dos paquetes de pipas. Semillas de girasol. El kiosquero no me preguntó nada, pero pensó mucho, y en algún momento de ese silencio los dos entendimos que yo no sabía adónde iba.
Después están las cinco horas previas, de las que nadie habla. La fiesta empezaba a las dos. Yo a las nueve ya había comido. A las diez estaba bañado, perfumado y sentado en mi casa mirando la pared como un hombre que espera un trasplante. A las once intenté una siesta que no fue una siesta sino una breve interrupción del alma, de la que me desperté a la una visiblemente peor.
Y recién esa noche me enteré de que la fiesta no empezaba a las dos. La fiesta abría a las doce. Lo que pasaba, me habían explicado el jueves sin darle ninguna importancia, era que “en la primera hora y media hay perros”.
Yo a los perros no les tengo miedo. Crecí con perros. Lo primero que pensé fue que era un lugar que dejaba entrar mascotas, cosa que me pareció una política moderna y simpática. Después pensé que a lo mejor había perros de seguridad, sueltos, y que la gente prefería no cruzárselos, y me pareció razonable aunque un poco exagerado. En ninguna de las dos hipótesis se me acercó, ni de lejos, la verdadera.
La entendí a los cuatro minutos de llegar.
De todas las personas que esa noche se quedaron en la casa hasta las dos de la mañana esperando que se fueran los perros, yo era la única que podía haber entrado a las doce en punto, caminando despacio, mirando a los ojos, con dos paquetes de semillas de girasol en los bolsillos.
En la puerta me cachearon. El señor de seguridad me pasó las manos por los costados, me palpó los bolsillos del pantalón, encontró un bulto rectangular en cada uno, y se detuvo.
Me miró.
Saqué los dos paquetes y se los mostré a la altura del pecho, como se muestra un documento.
—Pipas —dije.
El hombre los miró, me miró a mí, volvió a mirarlos. No dijo nada. Hizo ese gesto mínimo con la cabeza que en este país significa “pasá” y también significa “yo ya vi de todo pero esto es nuevo”.
Adentro había tres mil personas y ninguna silla. Eso quiero dejarlo asentado, porque nadie lo advierte jamás: no hay dónde sentarse, en ningún lado, es una decisión arquitectónica deliberada. Y tampoco se puede hablar, porque la música tiene un volumen que no admite consonantes. Durante seis horas la totalidad de mi conversación consistió en gritar “¿QUÉ?” y recibir a cambio una sonrisa.
El agua salía más cara que la cerveza. Lo chequeé dos veces porque me pareció un error de carga. No era un error. Era, descubrí después, el modelo de negocio.
Mucha de esa gente estaba trabajando con otras herramientas, digamos. No voy a hacer un inventario ni me corresponde. Describo lo que vi: mandíbulas ocupadas en una tarea propia, gente tomando agua con devoción religiosa, y gente que te abrazaba y te decía que te quería con una sinceridad que a mí, que soy de Santa Fe, me pareció excesiva ya en el primer abrazo. Un muchacho me explicó durante once minutos una idea. Yo seguí la primera mitad. La segunda la sigue él todavía, en algún lado.
Desde una distancia prudente observé también el encare, que es un arte que yo no conocía y que no usa palabras. Dos personas se acercan, se miran, una levanta una ceja y ahí está: todo dicho, todo resuelto, en menos de lo que yo tardo en decir buenas noches. Estuve un rato largo tratando de aislar el mecanismo, porque me pareció que tenía que haber algo más, un paso intermedio que yo me estaba perdiendo. No había nada más. Era la ceja.
Después me fui al baño y, frente al espejo, intenté levantar una sola.
Se me levantaron las dos. Probé seis veces. Siempre las dos. Un señor que se estaba lavando las manos me vio y se fue sin secárselas.
Y después estuvo lo de la crema, que me desconcertó más que ninguna otra cosa. Un pibe sacó del bolsillo un pomo de crema de manos. Un pomo. En una fiesta. Yo primero pensé qué bien criado, qué muchacho atento, cómo se nota la madre. Se puso una cantidad desmedida en las dos manos, se las frotó, y sin decir una palabra se las pasó por el cuello a una chica que estaba de espaldas. Ella cerró los ojos y se le aflojaron los hombros como se le aflojan a alguien que entra a una pileta.
Yo archivé eso mentalmente en la carpeta de las cosas que no voy a comprender y volví a mis pipas.
Porque las pipas, para ese momento, ya eran todo lo que yo tenía. Y tenían un problema grave: la cascarita. No hay dónde tirarla. No hay un tacho, no hay una mesa, no hay un borde. Uno las va juntando en la mano, hace un puñito, y a los veinte minutos tiene un patrimonio. Yo caminaba por esa fiesta con el puño cerrado como un hombre que transporta una prueba judicial.
Y entonces apareció él.
Un muchacho de unos treinta años, sin remera, transpirado, radiante, que me vio comiendo pipas con la concentración de un jubilado en una plaza y se acercó como quien encuentra agua en el desierto. Se quedó mirándome un rato largo. Y después me pidió, con una educación absoluta, con el mismo tono con el que uno pide la hora, que le escupiera las cascaritas en el cuello.
Le dije que no había entendido. Me lo repitió. En el cuello. Que le escupiera las cascaritas en el cuello.
Y yo lo hice.
Eso es lo que no puedo explicar en ningún ámbito de mi vida: que no lo hice una vez. Lo hice durante cuarenta minutos. El hombre se daba vuelta, inclinaba la cabeza hacia adelante y ofrecía la nuca. Yo escupía. Él decía “uhhh” y movía los hombros. Después se daba vuelta, me miraba a los ojos, me agradecía con una emoción auténtica y volvía a ofrecer la nuca.
A los veinte minutos trajo a un amigo. El amigo me dijo, con una seriedad total, “¿me hacés una a mí?”.
A las cinco de la mañana yo era una estación. Había gente esperando. Había, literalmente, una fila. Yo, que no había logrado sostener una conversación de ocho segundos en toda la noche, era el único hombre de esa fiesta con un servicio, una clientela y una función social. La camisa celeste ya no importaba. Nada importaba. Era algo así como una metralleta de pipas, o de placer, si uno quiere ser exacto, y en ningún otro ámbito de mi vida me sentí tan útil. Durante una hora fui alguien.
Lo que no había previsto era el desgaste. Escupir es un movimiento chico, pero es un movimiento, y a la hora y pico de estar escupiendo cascaritas en cuellos ajenos se me acalambraron los pómulos. De verdad. La mandíbula se me quedó trabajando sola, con un vaivén lateral que yo no podía frenar y que, en ese lugar en particular, no requería ninguna explicación.
Un pibe me miró la cara, me señaló con el dedo y me hizo el gesto. Ese gesto. El pulgar para arriba, las cejas levantadas, la sonrisa de costado: estás bien, hermano, vas bien.
Le devolví el pulgar. Qué iba a hacer.
A los cinco minutos otro me trajo un vaso de agua sin que yo se lo pidiera, me lo puso en la mano, me dijo “tomá, tranqui” y me apoyó la palma en el pecho. Era el agua más cara de Buenos Aires y me llegó gratis, por solidaridad, por una lesión deportiva.
Hasta que a las cinco y cuarenta metí la mano en el segundo paquete y no había nada.
Lo di vuelta. Lo sacudí. Cayeron dos.
Tuve que anunciarlo. Levanté el paquete vacío por encima de la cabeza, como se levanta un trofeo pero al revés, y dije, gritando, en medio de tres mil personas: “SE TERMINARON”.
Hubo un “nooo” colectivo. Un lamento. Sincero, además. Y el muchacho original, el primero, el de la nuca, se abrió paso entre todos, me abrazó con los dos brazos, me dijo “gracias igual, hermano” y se fue bailando hacia atrás sin dejar de mirarme.
A las seis y media prendieron las luces, que es la peor cosa que hace la humanidad.
Dos semanas después me enteré, en una sobremesa, por una explicación que yo no había pedido, de que lo que circula en esas fiestas multiplica la sensibilidad de la piel. El cuello sobre todo. Que por eso la crema. Que por eso los abrazos. Que cualquier cosa que toque la nuca es, ahí adentro, una experiencia considerable.
Y ahí entendí todo. Entendí al del pomo. Entendí a la chica que cerró los ojos. Y entendí que yo esa noche no fui un tipo raro con un paquete de semillas.
Fui un proveedor.
El lunes a las once y media me llegó un mensaje de un número desconocido: “hermano sos el de las pipas”. Le dije que sí. Me contestó “gracias por todo”.
Tengo un paquete en el cajón del escritorio, entre el cargador y las tarjetas. Por las dudas.
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La mina literalmente hizo posible el matrimonio igualitario, la ley de identidad de género, votó a favor del aborto incluso contra sus propios principios y cortó la agenda institucional para habalr de Sacayan e impulsar la figura de trevesticidio. Pero ojo, le tira mas el rosario
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Haces enojar a un puto y ya empieza a subir letras de canciones a instagram 🙄 andate a cagar vos y miss lupe
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yo: bueno quien me quita lo bailado
el gobierno: sabes que justo acabamos de sacar una ley para quitarte lo bailado
faltando 2 (dos) días para la marcha ya estoy insoportable nivel pusieron madonna en el gimnasio y bailé con la profe
subiendo el volumen del tele para que los vecinos escuchen la intro de mubi y bajándola para en realidad ver sex and the city
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Este estudio con datos de 18 países de la OCDE de los últimos cincuenta años muestra que reducir impuestos a los ricos aumenta la desigualdad y no tiene ningún efecto significativo sobre crecimiento económico y el desempleo.
🔗researchonline.lse.ac.uk/id/…
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Cuando tenía 18 me decían “cuando trabajes vas a dejar de ser de izquierda”. Ahora que trabajo, soy de extrema izquierda.
































