🔊 Lo que no quieres escuchar.

Colombia
Joined May 2021
El Estado de servilleta Por: @Juanmigo08 Corría la última semana de 2024. Nochebuena ya había pasado y las personas se preparaban para recibir el nuevo año. Entre la maicena para los postres, el coco para la natilla y la masa de los buñuelos no había mucho más en qué pensar por esos días. La voz de Rodolfo Aicardi se escuchaba en emisoras, buses y supermercados. No había cómo escapar de ella. Ese ambiente festivo no se trasladaba al Congreso. El último viernes de ese año, mientras algunos ya se imaginaban bailando con Afrosound de fondo, fue aprobada una reforma constitucional que introducía el cambio administrativo más grande del país en este siglo. Palabras más, palabras menos, el Congreso aprobó ese viernes 27 de diciembre casi que duplicar el dinero transferido a municipios, departamentos y distritos mediante el SGP. Sin mucho rodeo ni alarde, en un escaso texto de cuatro páginas las entidades territoriales recibieron el año con la promesa de que serían el doble de ricas y el Estado central, vaya que asustado, con la tarea de financiar ese regalo. A casi dos años de ese suceso el país no cuenta con la Ley de Competencias que soporte —y viabilice— ese cambio. Es decir, se repartió la plata pero no se ha dicho qué responsabilidades se tienen que asumir con ella. Ante una reforma que movería COP 100 billones la respuesta institucional es un «ahí vamos viendo». Y más allá del dinero y las reglas, es inmensamente preocupante la transformación institucional que tendrá nuestra administración pública. Las capacidades de las administraciones locales se tienen que fortalecer, el monitoreo sobre el erario debe blindarse —y la respuesta para eso no puede venir desde la siempre lenta e inoportuna Contraloría—, la reorganización de la administración central tiene que preverse. No se está hablando lo suficiente sobre esta nueva ola de descentralización. Ni dentro del Estado ni desde la sociedad civil. Que no se les haga raro: Colombia está por pasar a ser un país cuasi federal.
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Afinia apagó la beligerancia del alcalde Por: @palaciotamayo La situación de Afinia es muy grave para Medellín. Ni siquiera en el año de la contingencia de Hidroituango se disminuyeron en esa proporción las transferencias a la ciudad. En esta ocasión hay un ingrediente adicional: al alcalde Federico Gutiérrez se le acabó la beligerancia con el gobierno Nacional. Es por eso que vale la pena preguntarle: Alcalde, ¿prefiere usted endeudar a la ciudad por más de un billón de pesos antes de tener conversaciones —y negociaciones— difíciles con el gobierno nacional sobre Afinia? Alcalde, ¿le da miedo hacerlo porque el Tigre puede ‘morder’ a su hermana, o a su primo en la Vicepresidencia o, quizá, a su candidata al senado que hoy es ministra de Trabajo y quedar así sin trampolín para su candidatura presidencial? Para la administración, las explicaciones de semejante debacle se reducen a dos sospechosos de siempre: la alcaldía de Daniel Quintero y el fenómeno de El Niño. “Es que @QuinteroCalle nos metió en el peor negocio”. Uno puede decir que fue una mala o buena decisión, hay buenos argumentos de ambos lados; pero lo que sabe todo Medellín es que sin esa decisión tomada entre el alcalde Quintero y el presidente Duque —en la que ambos cruzaron favores— no tendríamos el metro de la 80 en ejecución. Ahora, si el negocio era tan malo, no se entenderían las declaraciones del actual gerente de @EPMestamosahi, quien en repetidos espacios ha dicho respecto a Afinia: “vamos bien orientados y podemos cambiar la cultura; si cambiamos la cultura en la Costa se desatan muchas cosas buenas para ese territorio con el potencial que tiene”. Es iluso pretender entrar a un negocio con alta rentabilidad sin asumir riesgos. Era de conocimiento público el lastre de Electricaribe, así como el potencial de esa región para el país. Dominar ese mercado eléctrico le significaba a EPM hacerse con otra gran joya. En cuanto al pretexto climático, vale la pena traer un apartado del concejal Farley Macías “El Niño no firma anticipos. El Niño no aprueba presupuestos. El Niño no se sienta en la junta directiva, no fija las metas de Afinia, no decide qué se paga primero. Esas decisiones tienen nombre, cargo y firma (...) Lo que estamos presenciando es una contabilidad meteorológica: cuando las cifras no cierran, se mira al cielo”. Ahora, ante esta coyuntura, esperaría uno que la administración de Medellín renuncie a obras accesorias que pueden hacer privados —como la remodelación del Estadio—, o que busque cómo generar nuevos ahorros, pero acaba de aprobar también una reforma administrativa con una pesada carga burocrática por más de 12 mil millones de pesos en nómina al año. En fin. Sin Afinia en el portafolio del Grupo EPM, a lo mejor los estudios del metro de la 80 irían muy bien y las transferencias a Medellín hubieran alcanzado para hacer más piscinas con olas. De modo que lo primero es sincerar el debate y, luego, apretarnos el cinturón.
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¿De qué lado está América Latina? Por: @jfsuescun América Latina tiene más gobiernos de derecha, pero más habitantes gobernados por la izquierda. ¿De qué lado está, entonces, la región? La reelección de Lula (@LulaOficial) en Brasil, con el 51,79 % de los votos frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro (@FlavioBolsonaro), reabre una discusión sobre el mapa ideológico latinoamericano. Las victorias de Milei (@JMilei), Kast (@joseantoniokast), Noboa (@DanielNoboaOk), Fujimori (@KeikoFujimori) y Abelardo (@ABDELAESPRIELLA), entre otros, han alimentado la idea de un giro regional hacia la derecha. Pero ¿es suficiente contar presidentes para establecer la orientación política de una región? Le pedí a ChatGPT realizar un ejercicio comparativo. Tomamos 19 países latinoamericanos de habla española o portuguesa y excluimos a las dictaduras: Cuba, Venezuela, Nicaragua y El Salvador. El primer criterio fue contar gobiernos. Entre los 15 países seleccionados encontramos 11 gobiernos de derecha o centroderecha y cuatro de izquierda o centroizquierda. Bajo este criterio, predomina la derecha. Pero cambiemos la pregunta. En lugar de contar gobiernos, contemos habitantes. Brasil y México, gobernados por Lula y Claudia Sheinbaum (@Claudiashein), suman 346,6 millones de personas. Si añadimos Guatemala y Uruguay, encontramos que aproximadamente 368,9 millones de latinoamericanos (62 %) viven bajo gobiernos progresistas, frente a 225,7 millones (38 %) gobernados por derechistas. Cambia el criterio y cambia la conclusión. Podríamos incluso contar kilómetros cuadrados. Brasil, por sí solo, ocupa una extensión considerable del territorio latinoamericano. Sin embargo, esta medición reflejaría la distribución geográfica del poder, pero no las preferencias ideológicas de la ciudadanía. Intentamos entonces un cuarto ejercicio: sumar los votos de los tres primeros candidatos de las últimas elecciones presidenciales de cada país, clasificándolos por orientación ideológica. El cálculo inicial fue 122,80 millones de votos para candidaturas de derecha y centroderecha, frente a 122,45 millones para las de izquierda y centroizquierda. Apenas 346.000 votos de diferencia. 21,29 millones corresponden a candidaturas de centro o difíciles de clasificar. El ejercicio tiene limitaciones: las elecciones ocurrieron en años distintos, no incluimos todas las candidaturas y las identidades ideológicas no son homogéneas. Tampoco significa que quienes viven bajo determinado gobierno compartan sus ideas. Pero las cifras permiten cuestionar lo que se dice tan fácilmente: que hoy América Latina es de derecha. Robert Dahl, en ‘La poliarquía: participación y oposición’ (1971), explicó la importancia de la competencia y la participación para comprender las democracias. Una democracia no se reduce a quienes gobiernan: también comprende a quienes compiten, se oponen y aspiran legítimamente a reemplazarlos, además de los ciudadanos que votan por esos candidatos. América Latina no es tan de derecha como sugieren sus gobiernos, ni tan de izquierda como indica su distribución demográfica. Lo que sí resulta evidente es que ninguna mayoría electoral representa por sí sola la totalidad de una sociedad. Confundir la ideología de los gobiernos con la de los ciudadanos es confundir el ejercicio del poder con la democracia misma.
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¿Por qué Lula sí y Cepeda no? Por: @ramondelosrios Luego de la victoria de Lula da Silva, en lo que podría considerarse una heroica remontada, es preciso preguntarse por qué en Colombia la izquierda no pudo replicar algo similar, dado que ambas campañas se enfrentaron a supuestos de hecho, al menos en principio, muy parecidos. Tanto Lula da Silva como Iván Cepeda perdieron en primera vuelta y quedaron segundos. Ambos se enfrentaban al reto de remontar y, en ambos casos, se estaba sometiendo a las urnas la continuidad de un gobierno de izquierda. Sin embargo, Lula logró remontar, mientras que Cepeda no. Y aquí empiezan las diferencias. Mientras que en Brasil votar por Lula significaba revalidar directamente su gobierno, en Colombia Iván Cepeda representaba una imagen diferente a la de Gustavo Petro. Sin embargo, al parecer, esa relación entre Petro, Cepeda y la izquierda no logró construir una identidad clara, lo que pudo terminar pasando factura. Porque si bien Cepeda representaba una opción de izquierda, no logró desmarcarse de la imagen de Gustavo Petro, ni en un sentido positivo ni en uno negativo. Su identidad política terminó atrapada entre la continuidad de un gobierno y la construcción de un liderazgo propio. Otro factor que podemos analizar es el comunicacional. Mientras Lula entró en una disputa por la comunicación digital, la creación de una identidad en redes sociales y el uso de herramientas como WhatsApp y los mensajes de difusión coordinados y masificados, en la campaña de Iván Cepeda no se logró identificar una estrategia digital igualmente clara. Tampoco vimos a un candidato particularmente dinámico frente a las cámaras ni abierto a interactuar con ellas. Por el contrario, parecía resultarle incómoda esta nueva manera de disputarse la política en el ecosistema digital. Y en una época en donde buena parte de la conversación electoral se construye en las redes sociales, esa distancia puede terminar siendo costosa. Un tercer factor, también relacionado con la comunicación, fue el debate presidencial. En Brasil, @LulaOficial y Flávio Bolsonaro se enfrentaron en dos debates televisados. Allí ocurrieron episodios comunicacionales que lograron trascender las pantallas: el cuestionamiento por los nueve dedos de Lula, producto de un accidente laboral, y su respuesta cuando Bolsonaro le reclamó por el supuesto apoyo electoral de las personas privadas de la libertad, a lo que Lula respondió que esperaba contar incluso con el voto de su padre. Fueron acontecimientos políticos y comunicacionales que circularon más allá de los debates. No podemos demostrar en qué medida influyeron en la votación, pero sí que se convirtieron en parte de la conversación electoral. Por su parte, en Colombia, si bien Abelardo de la Espriella también fue reticente al debate, Iván Cepeda desde un inicio se mostró alejado de ese espectáculo comunicacional. En un escenario en donde probablemente tendría que responder por las decisiones de Gustavo Petro, tampoco pareció dispuesto a asumir esa confrontación. Vale la pena pensar qué habría pasado si Colombia hubiera tenido un debate presidencial entre ambos candidatos. Claramente, las realidades brasileña y colombiana no son las mismas. Sus electorados responden a intereses diferentes y sería apresurado atribuir una victoria o una derrota exclusivamente a la comunicación política. Pero la comparación permite identificar asuntos que hoy resultan fundamentales para cualquier campaña electoral. Ya no basta con ser un buen candidato en la plaza pública o tener un discurso político estructurado. Se necesitan candidatos capaces de desenvolverse en el ecosistema digital, identidades políticas claras, relatos construidos y estrategias de comunicación que comprendan las nuevas maneras en que las personas se relacionan con la política. Tal vez la diferencia entre Lula y @IvanCepedaCast no se encuentre únicamente en sus propuestas, sus gobiernos o sus adversarios, sino también en la manera en que cada uno logró construir y comunicar lo que representaba. Y es que hoy una campaña electoral no solo necesita convencer a la gente de que un candidato tiene razón. También necesita lograr que la gente entienda quién es ese candidato.
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La izquierda que sí remonta Por: @juancarbolivar Lula da Silva e Iván Cepeda llegaron a la segunda vuelta desde el mismo lugar: la derrota. Flávio Bolsonaro aventajó a Lula por 2,2 millones de votos; Abelardo de la Espriella superó a Cepeda por casi tres puntos. Veinte días después, el brasileño había dado vuelta al marcador, mientras el colombiano volvió a perder. La diferencia estuvo menos en la ideología que en la capacidad de reconocer una mala campaña. Lula entendió la primera vuelta como una emergencia. Reorganizó su equipo, abandonó los mensajes abstractos sobre soberanía y minerales críticos, salió a buscar jóvenes y mujeres, concentró esfuerzos en Minas Gerais y puso la mira en los 33 millones de abstencionistas. Además, regresó a los debates después de haberlos evitado y llenó las calles de militantes. El viejo animal político olió el peligro y se movió. Cepeda reaccionó de otra manera. Su campaña había comprado su propia propaganda: creyó que el “fervor popular” podía darle incluso una victoria en primera vuelta y llegó al balotaje sin una estrategia para ampliar la coalición. Cuando descubrió que necesitaba al centro, no supo qué ofrecerle. Hubo mensajes contra el fascismo, invitaciones solemnes a “tomar posición” e intermediarios que tantearon adhesiones, pero faltaron acuerdos concretos y una agenda capaz de responder a las preocupaciones de las clases medias urbanas. Ahí está la primera lección incómoda: al votante que no pertenece a la izquierda no se le seduce ordenándole que demuestre sus credenciales democráticas. Lula buscó convencerlo mientras que Cepeda pareció examinarlo. El brasileño, además, convirtió la elección en una decisión material. Su gobierno aumentó en 15% los pagos de Bolsa Família, que llegan a cerca de 50 millones de personas, y promovió la reducción de la semana laboral de seis a cinco días. La utilización de la caja estatal en plena campaña admite reparos serios, pero resultó políticamente eficaz: Lula no se limitó a advertir que Bolsonaro era peligroso, también recordó qué podía perder cada familia si regresaba esa dinastía al poder. Cepeda apostó casi todo al espanto que producía De la Espriella. Denunció sus presuntos vínculos con la parapolítica y presentó la elección como una frontera entre democracia y autoritarismo. El problema fue que su adversario hablaba de inseguridad, riqueza y orden, asuntos que ya estaban inquietando a los votantes, mientras la campaña del Pacto apenas terminó de estructurar un programa detallado diez días antes del balotaje. A esa torpeza se sumó @petrogustavo. Cuando Cepeda necesitaba adquirir identidad propia, el presidente ocupó el escenario con denuncias de fraude y ambigüedades sobre una constituyente. Cepeda tardó en reconocer los resultados de la primera vuelta y tampoco marcó una distancia necesaria frente a su jefe político. Terminó cargando con el desgaste del Gobierno sin poder exhibir plenamente sus logros y defendiendo una continuidad que nunca explicó cómo sería distinta. @LulaOficial también era el poder, pero consiguió presentarse otra vez como el dique frente a una amenaza. Cepeda, en cambio, apareció como el heredero encubridor de un mal gobierno que pretendía continuar y, simultáneamente, como el candidato que pedía ser juzgado con independencia de ese gobierno. Evidentemente, la contradicción nunca se resolvió. La remontada brasileña tuvo, por supuesto, ingredientes poco edificantes: subsidios oportunamente aumentados, miedo dosificado y toda la fuerza de la Presidencia puesta al servicio de la reelección. Aun así, hubo lectura del momento, flexibilidad y operación territorial. En Colombia sobró superioridad moral y faltó oficio. Lula perdió la primera vuelta y decidió cambiar la campaña. Cepeda la perdió y su entorno prefirió explicar por qué los electores se habían equivocado. Uno salió a buscar los votos que le faltaban; el otro esperó que el miedo a su rival se los llevara hasta la puerta. Lula hizo campaña, y mientras Cepeda esperaba un milagro, efectivamente le llegó “la patria milagro”. Entre las muchas lecciones de esta elección hay una particularmente incómoda para Colombia. La izquierda brasileña sabe hablarles a las clases medias y al empresariado porque tiene un proyecto productivo y un legado que defender. La colombiana, en cambio, carece de una idea económica reconocible, estigmatiza al sector privado y convierte sus contradicciones en excusas. La izquierda de papel vs la izquierda que gobierna más allá del discurso.
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Conquistar mujeres Por: @GouffrayMaria Recientemente tuve la oportunidad de conocer el mundo de los hombres cuarentones de la élite bogotana. Fue como entrar en la machósfera. Muchos de ellos tienen esposa, hijos e hijas, pero no ven a la esposa como una igual. Los que sí son sus iguales son los otros hombres, los amigos: con ellos comparten espacios e intereses y tienen conversaciones significativas. Hacen deporte juntos (entre más arduo y difícil sea para las mujeres: mejor, por lo eligen enduro, motocross, fútbol masculino y similares), viajan, se ríen, planean, se quieren, se valoran. Lo más importante para estos hombres, aquello de lo que depende su identidad y su autoestima, es la opinión de sus amigotes, con quienes, además, se comparan y compiten permanentemente. ¿La esposa? Es difícil saber a ciencia cierta qué significado tiene… Sin duda no es la persona que despierta su locura y pasión, de ahí el dicho (que también escuché por primera vez entre este grupo selecto de machos): “el que no consigue con quién, se acuesta con la esposa”. Tampoco es una amiga: con ella no comparten conversaciones interesantes, poco les importa su opinión sobre temas variados, y claro: no hacen deporte juntos (cosa que, para ellos, es importantísimo). Creería que la esposa cumple el rol de brindarles estabilidad: es un lugar seguro a dónde llegar, un espacio de acogida, cuidado y sobretodo, ese dispositivo que garantiza su reproducción y el cuidado de su prole. ¿Y qué hay de las otras mujeres? Amigas, naturalmente, no son. Son su eterno objeto de deseo… o sus amantes. Como bien decía uno de los que conocí: “yo no tengo amigas, porque a mis amigas me las como”. Como cabe esperar, la fidelidad no es un problema. Lo natural, lo que se espera de ellos, es que salgan de fiesta, conozcan, disfruten y se acuesten con varias “chicas, chicas, chicas”. El ritual consiste en salir con los amigotes en busca de, lo que ellos llaman “culos”. A los amigos de la fiesta les llaman “wingmans”: son una ayuda necesaria y eficaz para conquistar “culitos” o “culos” (a secas, ambos términos son frecuentes en las conversaciones). Ah, cabe aclarar que las amantes también deben tener cierto estatus y frecuentar restaurantes y bares específicos, nunca “Salvaje”, pues, como le escuché decir a alguno de ellos: “allí la comida es mala, cara, y sólo hay putas”. Carne. Cacería. La desvalorización de la mujer es radical. Impresionante. Yo, que crecí en una casa machista y me independicé cuando aún era estudiante porque me hastié de la violencia, quedé impactada. Eso es mucho decir. Carne. Cuando estos hombres están solteros, conquistan: en las primeras citas muestran una cortesía extrema. En realidad se trata de una cacería. La planta carnívora seduce a la mosca con ofrendas y olores magníficos. Es un juego de poder movido por el deseo de posesión. Y no me refiero a la posesión carnal, eso es lo de menos, total, el mundo es de ellos, el banquete de chicas, chicas, chicas, es inagotable. Estos hombres buscan, casi de forma desesperada, poseer a la novia respetable o a la esposa: aquel espacio seguro que ha de garantizar su confort. El juego de la conquista es tan solo eso: un juego, una ficción, y por lo mismo, dura poco tiempo. En la medida en que no hay una valoración real de la mujer (¿será que nos considerarán personas?) no existe un interés genuino en ser amable, brindar cariño, atención y cuidado en el largo plazo, de trabajar, con y para la otra persona. Con el tiempo todo cambia. El sexo, que al principio es fantástico y frecuente, se vuelve simple y soso. El interés por conversar y conocer el mundo de la otra persona disminuye. Las atenciones y el trato cuidadoso desparecen. Las salidas a bailar, el erotismo, e incluso el ritual de la fiesta, merma. El hombre ennoviado o casado sale de fiesta sólo con sus amigotes y llega a horas de la madrugada, bebido. Este es el hombre que ya no encuentra una razón para esforzarse. Después de todo, ella ya es “novia” y pinta pa’ esposa: ha sido conquistada.
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Destino Colombia, treinta años después Por: @MachadoRold Un médico aprende pronto que el diagnóstico tardío suele ser un diagnóstico inútil. El paciente llega cuando la enfermedad ya avanzó, y uno se pregunta por qué no vino antes, cuando los síntomas eran leves y el remedio barato. Los países se parecen a los pacientes en eso. Aguantan. Esperan a que el dolor no los deje dormir para pedir ayuda. Colombia hizo una vez algo distinto. En 1997, la Fundación Buen Gobierno juntó en un mismo salón a gente que en ese entonces no se saludaba en la calle. Había políticos y empresarios, sindicalistas y académicos, y también voceros de los grupos armados, algunos de ellos sin poder estar presentes en la sala. A eso lo llamaron Destino Colombia. Lo condujo Adam Kahane, un canadiense que venía de Sudáfrica, donde había ayudado a que blancos y negros, todavía con la desconfianza a flor de piel, imaginaran juntos el país que seguiría al apartheid. El método era sencillo, y por eso mismo exigente. Nadie tenía que renunciar a sus convicciones ni firmar nada. Se trataba de mirar hacia adelante con honestidad y describir a dónde llevaba cada camino. De esas conversaciones salieron cuatro escenarios con nombre de refrán: “Amanecerá y veremos”, “Más vale pájaro en mano”, “Por la razón o la fuerza” y “La unión hace la fuerza”. El primero pintaba un país que se dejaba arrastrar por la inercia. El último, uno capaz de ponerse de acuerdo en lo elemental, que es respetar la vida del otro. En 2027 se cumplen treinta años de aquel ejercicio. Vale la pena preguntarse cuál de los cuatro escenarios terminamos habitando. Sospecho que un poco de todos, y demasiado del primero. Hagamos la historia clínica de esta década, que se nos va en un suspiro. Llegó una pandemia que desnudó la fragilidad de nuestro sistema de salud y la de millones de hogares que viven del día a día. Nos tocó recibir a la mayor parte de un éxodo venezolano sin precedentes en la historia reciente del hemisferio, y lo hicimos con más generosidad que recursos. Perdimos el grado de inversión, que es la manera técnica de decir que el mundo dejó de confiar en nuestra palabra. El populismo, de un lado y del otro, encontró terreno fértil en el cansancio de la gente. Y el conflicto armado, que algunos creyeron en vías de curación, volvió a supurar en regiones que el Estado sigue sin conocer. No sé bien a dónde vamos. Nadie lo sabe. Pero sí sé que a este ritmo y con este rumbo difícilmente esta será una década ganada. Ya no lo fue. Lo que todavía está en nuestras manos es que la siguiente no sea otra década perdida. La violencia, lo he creído siempre, se comporta como una epidemia. Se contagia, se reproduce en condiciones de pobreza y de ignorancia, y cede ante las mismas medidas que curan cualquier mal colectivo: información, prevención, trato digno. Destino Colombia fue, en su momento, un ejercicio de medicina preventiva. Se reunió a los enfermos y a los sanos, a los que causaban el daño y a los que lo padecían, para que juntos describieran el curso probable de la dolencia. Esa conversación no resolvió el conflicto. Tampoco pretendía hacerlo. Dejó algo más modesto y más duradero, la prueba de que era posible hablar. Hoy esa prueba hace falta. Vivimos encerrados en nuestras certezas, cada quien en su trinchera digital, convencidos de que el adversario es un enemigo y de que escucharlo equivale a rendirse. Así no se cura nada. Por eso quiero proponer una nueva versión de Destino Colombia. No tengo la fundación ni el facilitador sudafricano. Tengo esta columna y la disposición a tocar puertas. En los próximos envíos voy a buscar a gente que piensa distinto de mí, y distinto entre sí, para hacerles la misma pregunta que se hicieron hace treinta años: qué país nos espera si seguimos así, y cuál podría esperarnos si cambiamos.
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¿Por qué no se ríen?: Preludio de un mal show Por: @catamontoya Ni un mal payaso le pregunta al público por qué no se ríe o por qué no aplaude. Todo comediante sabe que las risas y los aplausos son una reacción espontánea de una audiencia que entrega admiración gratis como consecuencia de un buen espectáculo. Tal vez el alcalde del municipio de Dosquebradas no tenía nada por qué sonreír esta semana cuando el presidente Abelardo de la Espriella lo regañó en público. Le dijo, en un video que se hizo viral, “Quite esa cara de seriedad (…) Una risita, hermano, está muy serio, ¡estamos trayendo las soluciones!”. El Alcalde tiene entre el pecho y la espalda más de ocho mil familias damnificadas; 600 viviendas destruidas y más de cuatro mil casas no habitables. Y el Presidente le estaba anunciando 300 subsidios. Pudo pensar en lo que piensa todo el mundo: en la lentitud del Fondo Milagro, en la plata que recogió la Primera Dama con su fundación, todavía en el banco, en la inexperiencia del Gobierno para la gestión de la tragedia… Y no se rió porque nada es gracioso. Ni cuando ADLE le dijo que era más serio que un tacaño recién atracado. Tal vez está llegando la hora en la que algunos empiezan a borrar la sonrisa de la cara porque, a medida que pasan los días, se desvela una sombra cada vez más oscura del talante del Presidente y sus asesores. Ellos parecen perder de vista, aunque no dejan de pelar los dientes, que ganaron por poco más de 200 mil votos y que buena parte de los electores optó por ellos para impedir la continuidad del proyecto de Petro. Solo por eso. No por su batalla cultural. Por eso no es gracioso que entre todo lo que se bajó de las salas del Museo Nacional, piezas diabólicas que encarnan el relativismo moral, el espíritu woke y la apología al terrorismo, se haya escondido un video del plebiscito de 1957, con el cual se le otorgó el derecho al voto a las mujeres en Colombia, y la séptima papeleta, con la que se abrió paso la convocatoria para la Asamblea Nacional Constituyente. Dirá el tigre de uñas largas que ambas cosas: el voto femenino y la Constitución que lo cobija y lo pliega, son instrumentos de adoctrinamiento cultural, que impiden que se entronicen la fe y los valores religiosos, con las mujeres en el centro… De la cocina de la casa. ¡Aplaudan! ¿Por qué no aplauden? Tampoco es gracioso que Carlos Suárez, presidente de la junta directiva de Ecopetrol dé una conferencia en la Andi, a nombre de su marca de estrategia política, como si fuera un viandante común. Parecía convocar al empresariado del país para alzarse en ideas y dar la batalla por las elecciones regionales del año entrante. Dijo allí, menos de 48 horas después de hundido el presupuesto, a causa de la improvisación y la inexperiencia, que las campañas no se ganan con planes de gobierno, sino despertando emociones y sentimientos. Le faltó anotar que lo que no se hace es gobernar a punta de emociones y sentimientos, y sin planes de gobierno como se ve que está sucediendo. Parece, pero no es gracioso, que hasta ahora Abelardo venga haciendo lo fácil: decir por walkie talkie, como un niño con un juguete: “ataquen”, “procedan con la demolición”, “quiten esas obras”, para que se adelanten con operativos, se tumben edificios y se desmonten piezas de museo, se despidan funcionarios. Lo difícil, lo aburrido, que es el rigor en los procedimientos, el diseño de políticas públicas, la ejecución pronta de acciones, como la que pide el país post terremoto, ocurre con errores, traspiés y lentitud. En cambio sí es gracioso es que ADLE esté cometiendo los mismos errores de Petro. Encumbrado en el ego del poder, castigando mínimas discrepancias, gobernando para un pequeño club de fanáticos, cada vez más amenazante, va borrando sonrisas como la del alcalde de Dosquebradas y tal vez las de otros en los que crece la perplejidad y el asombro. Está visto, y no es chiste, que las urnas castigan el mal show.
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Tirano sobre lienzo Por: @Juanramirez889 A pocos metros del Museo Nacional, entre policías, estudiantes, maestros y vendedores ambulantes, había instalado un caballete, una butaca y un par de recipientes de plástico repletos de pinceles. El artista no parecía tener prisa, era parte de los manifestantes que protestaban contra la instrumentalización de la cultura. Tenía varias obras apoyadas contra una pared y otras colgadas de una cuerda improvisada. Había de todo: el Che Guevara, Pepe Mujica, los Beatles, Juanes y una colección de personajes que, vistos juntos, parecían formar una pequeña historia política y cultural del continente. Pero ese día trabajaba en otra cosa. Sobre un lienzo aparecía un hombre que caminaba con la mirada puesta en el horizonte. Vestía de civil, aunque algo en su postura recordaba a un general. El pintor se detenía en los pliegues de la ropa, afinaba la sombra de la mandíbula y repasaba con cuidado las botas militares. El personaje tenía algo de aquellos muñequitos de acción que se consiguen en los remates: era pequeño, rígido, impecable y listo para entrar en combate. A sus pies comenzaba a extenderse un campo de bolsas blancas. Para esa parte el artista había escogido una paleta sobria, llena de  blanco, gris y ocre. Solo un poco de rojo aparecía en el piso, el cual había que mirar con atención para descubrirlo. Quizá el pintor sabía que el rojo era demasiado evidente para ciertos ambientes y decidió no aumentarlo. El título de la obra, escrito en una pequeña cinta blanca junto al caballete, decía: Tirano sobre lienzo. La gente se detenía a preguntar por la técnica, el personaje o el significado de una figura. Otros miraban unos segundos y seguían su camino. Nadie, sin embargo, descolgaba sus cuadros. La calle era su museo y, como ocurre con las exposiciones callejeras, solo la lluvia tenía autoridad suficiente para clausurarlas. A pocos pasos de allí, un grupo de maestros había convertido la calle en un salón de clase. Algunos leían en voz alta. Otros, con micrófono en mano, hablaban sobre lo que significa que un gobierno censure, retire o elimine obras, objetos y narrativas relacionadas con la historia del conflicto armado en Colombia. El paisaje parecía escrito por alguien con mucho sentido del humor: tanquetas, policías, estudiantes, maestros, artistas y música alrededor de un museo que alguna vez fue una cárcel. El pintor parecía entenderlo perfectamente. Por eso, cuando alguien se interesaba por su trabajo, explicaba que utilizaba la exageración para retratar lo que sucedía en el país. Mostraba entonces algunos cuadros en los que se veía a Gustavo Petro montado sobre un jaguar dormido. A Iván Duque como cerdo que hacía malabares con tres naranjas mientras era DJ. A Álvaro Uribe convertido en carnicero, cortando en pedacitos a Colombia. Entre otras representaciones de políticos y empresarios que causaban en los observadores risas y comentarios. Dicha galería llevaba por nombre: Ninguno parece haber cometido un error. Cuando le preguntaron qué significaba la obra que estaba pintando, dejó por un momento el pincel sobre el recipiente de plástico y dijo que era una sentencia, donde no solo los cuerpos eran eliminados, sino que también la democracia, la libertad y la cultura terminaban en bolsas blancas. Mientras hablaba, el Museo Nacional permanecía detrás de él rodeado por una cadena de policías, es decir, convertido nuevamente en una cárcel, pero esta vez de alta seguridad. No sería extraño que bajo las órdenes de Abelardo de la Espriella no solo se desmonten todas las obras de todos los museos de Colombia que no estén alineados con la “Patria Milagro”, sino que se incentive la persecución y eliminación de toda muestra artística callejera. Al parecer, en la era del tigre la curaduría de los espacios culturales no es un asunto menor, es un asunto sagrado. Imagino que ahora que Ordóñez ocupa el ministerio del Interior pasaremos de hablar de curadores a hablar del cura Alejandro, quien dará la línea sobre lo que merece entrar y lo que debe salir de los espacios artísticos de la nación. Y ya que estábamos imaginando, tampoco será difícil pensar en la nueva etapa del Museo Nacional, esa que seguramente los emprendedores del nuevo Gobierno ya tendrían diseñada. Habría un estadero con música de Silvestre Dangond y Ron Defensor en la entrada, discursos del director de Caro y Cuervo cada dos horas, eucaristías guiadas y una tienda de souvenirs con frases como: ¿Por qué no aplauden?, Viva Cristo Rey y Bienvenido a la patria milagro. El catálogo ofrecería una experiencia inmersiva en la historia nacional. Cada visitante podría dar de baja al menos dos obras de arte y los menores de 13 años ingresarían gratuitamente, pero con una restricción para el porte de armas de juego. Para quienes estén inscritos en la estrategia: Por la razón o por la fuerza, terminado el recorrido, se les obsequiará un radioteléfono. Para el resto de los ciudadanos quedaría disponible la sala: Plomo es lo que viene, donde la entrada es gratis, pero la salida no. Al atardecer comenzó a llover con fuerza. El aguacero consiguió lo que no habían conseguido las amenazas de la policía antidisturbios, que los manifestantes se retiraran. El pintor también recogió sus cosas. Guardó las pinturas, desarmó el caballete y desapareció con su exposición callejera. Del Tirano sobre lienzo solo quedó un pincel abandonado sobre la calle, el cual, al entrar en contacto con el agua, escurría un color rojizo. Los policías permanecieron bajo la lluvia. La gente siguió su camino hacia el transporte público. Los carros pasaban con prisa y el Museo Nacional quedó envuelto en un gris espeso que parecía tragarse todo. Solo la diminuta línea roja sobre el piso hacía la diferencia. No sé quién terminará siendo dueño de aquel cuadro. Puede ser que algún día aparezca en una colección privada, en una exposición o en la basura. Lo que sí parece claro es que de este cuadro ya existen muchas copias, cada una de ellas más mala que la anterior.
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Por favor, por favor, que el escritor no haya mentido Por: @CamilaAvril Ay, marica, le respondo a mi amiga después de leer la noticia que me mandó por WA: La novela premiada Donde el agua trabaja está escrita por IA al 99 %, según el detector Pangram. David Silva Rojas, de Perú, se ganó con ese libro el primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat. Es la primera noticia, por lo menos tan importante, en la literatura en español, pero hay una reciente en francés: Thélyson Oriel, haitiano-canadiense, usó IA para escribir C’etait ça ou mourir, la novela que estaba en la shortlist del premio Goncourt, el más prestigioso de las letras en Francia, y que era el furor de estos días en ese país. Thélyson negó el uso de IA para escribir partes de su libro: que usó algunas herramientas de búsqueda, especialmente para otros idiomas, pero “ninguna frase de este libro fue creada por una máquina. (La historia) viene de mis propias heridas”. Que además la empezó a escribir en 2017 y terminó el primer borrador en 2019, cuando la IA no había aparecido comercialmente. Pero Pangram concluyó que la novela fue escrita con la ayuda de la IA, y Thélyson aceptó que plagió, hace diez años, para un cuento y unos artículos de opinión. Hace dos días la editorial se desvinculó del autor, tras una investigación interna, y se dijo que sí, que usó la IA. El escritor de Donde el agua trabaja no se ha pronunciado, pero es temprano: la noticia estalló apenas este viernes 23 de octubre. En el artículo de El País, de España, en el que leo la historia dicen que Pangram es uno de los detectores de texto generado por máquinas mejor valorados, aunque no infalible. El estilo del autor, concreto, y que él explicó que lo tomó del haiku, que concentra una experiencia en muy pocos elementos, podría ser confundido, porque algunos modelos de IA justamente tienden a las frases cortas. Sin embargo, dicen en el artículo, “no hay pruebas de que ese estilo confunda a Pangram, que se fija en patrones que no se ven a simple vista, pero tampoco pueden descartarse”. ¿Y entonces? ¡Fueputa! Estoy esperando, con los dedos cruzados, que el escritor salga con todos sus borradores, que nos demuestre que él sí escribió la novela, que la IA no la usó para escribir ninguna frase, que él pensó, que él sufrió, que se divirtió escribiendo, que es suya. Por favor, por favor, que la novela sea del escritor. Pero también: ¿por qué creerle a la máquina primero? ¿Y si es un falso positivo? ¿Por qué hay que demostrarlo? Dónde está la duda, la presunción de inocencia, la conversación con él. El hecho de que la máquina aprende de nosotros. A la IA le encantan los guiones largos —a mí también, hace años que los uso, ¿no los vuelvo a usar? Y mientras pregunto, la editorial Almadía saca un comunicado de prensa. Dice que la rápida evolución de estas herramientas en el último año plantea nuevos desafíos para el sector editorial, que las bases son claras sobre el no uso de la IA, que el autor firmó un contrató en el que declaró que no la usó, que durante la lectura de la novela ni al jurado ni al equipo les pareció que se hubiera usado IA generativa. “Nuestro trabajo empieza con un encuentro humano… Nos preocupa un escenario en el que confiemos a las máquinas la producción de textos y la autoridad definitiva para juzgar su procedencia. Los detectores pueden aportar información, pero sus resultados requieren interpretación y contraste, en especial, cuando están en juego la trayectoria de una persona y la confianza de los lectores”. Van entonces a realizar una revisión detallada y para eso necesitan tiempo. Por favor, por favor Porque es verdad: hay gente usando la IA para escribir libros. Pero no todos. No los escritores. Lo dijo el escritor Patricio Pron en X: “Ningún escritor que tenga un vínculo significativo y real con la escritura renunciaría a ese vínculo permitiendo que una máquina escriba por él”. Y ahí está la cosa: si yo quiero escribir, si me gusta escribir, si mi sueño es escribir, ¿por qué poner a la IA a escribir por mí o que me ayude? ¿Por qué quisiera que hiciera mi trabajo? ¿Por qué preguntarle por ideas si pensar es justamente parte de la escritura? ¿Si una de las cosas más maravillosas de escribir es decirle a un amigo que vayamos a tomar café a ver si me desatasco? Si escribir es eso: uno escribe porque lo necesita, porque hay algo adentro que explota. Parece obvio, pero es mejor decirlo: si la IA escribe por vos, vos no sos el escritor. Es la IA. La IA escribió por vos. La escritora es la IA, vos no. Y luego tenemos todo el dilema de los derechos de autor: de dónde sacó la IA su historia, sus aprendizajes, y etcétera. Y pasa igual con el diseño, la ilustración, y etcétera. La otra cosa es que la IA requiere de una conciencia para la que no sé si estamos preparados: al final, pedirle que nos dibuje un gato sale gratis, está listo en cinco minutos y queda lo más lindo. Qué importa que nos uniforme a todos en la letra, en los trazos, en los colores. Al final, si un periodista puede tener listos —que no escribir— quince artículos en un día, pues cerremos los ojos que la productividad va en aumento. Y quizá ese es el gran problema: que cerramos los ojos. También lo que dijo Pron en el mismo hilo: “Que si se están utilizando las IA para escribir libros, es porque la depreciación de la literatura —producto, entre otras cosas, de la sobreproducción editorial, con su demanda de ‘temas’ por delante, de ‘formas’, ‘sinceridad’ por delante de ‘arte’ y ‘representatividad’ por delante de ‘individualidad’— nos ha habituado a leer libros tan malos que perfectamente pueden haber sido escritos por máquinas”. Entonces un día nos despertamos, y ya estamos en el estómago del dinosaurio. Pero todavía no: que nos digan si los libros están escritos con IA —que no nos engañen ni nos pongan a ser Sherlock Holmes, que pone además un manto de duda innecesario— y los lectores decidamos si queremos leerlos —yo no quiero, por ejemplo. Porque una cosa es que la IA esté en nuestras vidas —y la vamos a usar, pero la pregunta es para qué, en qué. Bien decía la profesora de octavo: una cosa es la herramienta y otra su uso—, y otra que la queramos y necesitemos en todas partes. Por favor, por favor.
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Una risita, hermano Por: @mariod2118 «Quite esa cara de seriedad (...) Una risita, hermano», le pide Abelardo de la Espriella al alcalde de Dosquebradas, Roberto Jiménez Naranjo. O le exige, quizá, porque al presidente le gusta ordenar para revestirse de poder. Buena parte de las edificaciones del municipio risaraldense sigue en el suelo. Ante la lenta respuesta del Gobierno Nacional para atender a los damnificados del terremoto y la puesta en escena del cuentagotas de las ayudas, el presidente pide sonrisas y manda a decir que habrá pronta recuperación espiritual. Ya antes había pedido ovaciones para sí mismo. «¡Aplaudan! ¿Por qué no aplauden?» La revista Semana —convertida en la oficina de prensa de la Presidencia— publica en sus redes sociales un video que bien podría ser el final de un melodrama: De la Espriella y Ana Lucía Pineda, su esposa, se abrazan, besan y bailan con el mar de fondo. Estamos ante el gobierno como impostura, de la simulación. «Por respeto al público, este programa no contiene risas grabadas», advertían antes de que empezaran los episodios de Chespirito. Lo que está pasando aquí produciría risa, si no supiéramos que la derrota definida por el actual gobierno y sus áulicos —por convencimiento u oportunismo— es peligrosa. Hay un escenario, hay un actor que tiene bien estudiada las formas de su personaje, las líneas que tiene que repetir, todas frases carentes de sentido que, de tanto decirlas, las convirtió en muletillas. El tipo tiene estudiados los movimientos que, pensará él, marcan un estilo. Digo yo que es lo que complementa su conversión en marioneta. Es el gobierno de la contradicción. Censurar para hacer exactamente lo que denuncian: imponer un relato unificado, sin nada que los cuestione. Es el gobierno de la apariencia: montar numeritos perfectamente producidos, con luces, cámara y acción. Y cuando la cosa no sale como se espera, viene el reclamo: sonrían, aplaudan… cállense las dudas y las críticas. Y, sin embargo, sigue habiendo razones para no reír, para no aplaudir, para no cejar en las dudas, para criticar. Porque vuelve el inquisidor Alejandro Ordóñez quien, además de anteponer sus creencias personales sobre los derechos de los demás y querer gobernar con la Biblia por sobre la Constitución, ha demostrado ser un hombre que es capaz de ofrecer lo que no es suyo para quedarse con el poder que se le ha prestado. Porque vuelve la también reaccionaria Viviane Morales, ahora para ponerle paso firme al desmonte de la fallida Paz Total y darle rienda suelta a otro capítulo de esta guerra colombiana que dirán que es otra, pero que se parece tanto a las que ya han pasado, la misma en la que pierden siempre los mismos. Porque los alfiles de la mal llamada batalla cultural —que no es otra cosa que un retorno a la oscuridad de los libros sagrados, los rezos y la negación de todo aquello que no se ajuste a lo que creen ellos que mandan sus santas escrituras— están desatados y deseando esparcir su virus de la intolerancia en más y más lugares. No está la cosa para ser falsamente amables. No nos podemos quitar la cara de seriedad, señor presidente, porque no se nos acomoda la risa cómplice que, sospecho, le devuelve a usted el espejo.
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El ministerio sacrificado Por: @Migueevam Desde 1997 el Ministerio de Cultura ha servido para coordinar, regular y emitir las disposiciones que tienen que ver con la preservación y la promoción de las artes, saberes, tradiciones y culturas de Colombia. Entre sus dependencias hay organismos como el Instituto Caro y Cuervo, el Archivo General de la Nación, el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, la Biblioteca Nacional y el Museo Nacional. Aunque este ministerio es una entidad clave para preservar distintas tradiciones y manifestaciones del país, su gestión y sus aportes suelen pasar desapercibidos. Son pocas las iniciativas que recuerdo del Ministerio de Cultura, así como a pocos de sus ministros. Me acuerdo de la Economía Naranja promovida por el expresidente Iván Duque, que buscaba impulsar la producción cultural y creativa del país —cine, música, libros, diseño, moda, software— con incentivos tributarios y la meta de elevar su peso en la economía del 3% al 5% del PIB. Una política de Estado que terminó quedando corta ante la expectativa de lo que buscaba alcanzar. Otro caso destacado fue el del nombramiento de ministra de Patricia Ariza en el comienzo del Gobierno Petro, la cual hablaba del sector cultural para generar un cambio social de las comunidades a través de la cultura como un agente movilizador. Sin embargo, Patricia Ariza fue de las primeras ministras en salir del gabinete, y pasaron por él otras figuras que parecían figurar sólo para apoyar al presidente más que por una dirección destacada. El Ministerio de Cultura, lastimosamente, parece siempre quedar relegado a un segundo plano frente a otros Ministerios como el de Hacienda, Interior o Defensa, tal vez por la manera en la que vemos la cultura en Colombia, como algo a lo que somos ajenos, que parece ser una cosa estética y no algo que busquemos entender o disfrutar. Yo soy uno de los que les apuesta a las artes. Estoy a un mes y medio de graduarme como Profesional en Literatura, y si le apuesto a esta profesión no es solamente porque ame leer y escribir, sino porque creo que el arte y la memoria, en sus múltiples manifestaciones, tienen mucho poder y pueden generar muchas salidas laborales y profesionales. Sin embargo, estas dependen de estímulos y de protección, los cuales en este momento se están viendo fuertemente amenazados. Bajo el liderazgo de Paola Holguín, nuestra actual ministra, ha habido una serie de casos preocupantes dentro del sector, como el de la actual directora de la Biblioteca Nacional. Julia Cristina Daza Noguera es comunicadora social y periodista; hasta antes de ser nombrada para este cargo se había enfocado en comunicaciones y asesorías políticas, pero no tenía experiencia en el sector del libro. Además, funcionarios de la Biblioteca han denunciado que ha habido malos tratos de su parte, y un desconocimiento generalizado del sector, ignorando las funciones de una biblioteca y confundiéndolas con las de una editorial, proponiendo medidas que ya se vienen implementando o mostrando un abierto desconocimiento de archivo o hasta de autores emblemáticos como José Eustasio Rivera. El caso de Daza es particularmente indignante para mí porque, viendo en noticias cuales son algunos de sus vacíos, me di cuenta que yo, como egresado no titulado, soy una persona más competente para el cargo que ella, así como mis amigos, mis profesores, mis colegas y los egresados de programas similares como filólogos, bibliotecólogos, promotores de lectura, museógrafos, antropólogos y demás, personas que nos hemos formado en este sector estamos siendo abiertamente ninguneados por una institución gubernamental que debería proteger y darle visibilidad a estas profesiones. Y no podemos olvidar la puñalada final, la que una semana después sigue desangrando a Colombia en todos los rincones. La mañana del viernes 16 de octubre despertamos con la noticia de que habían mandado a recoger varias obras del Museo Nacional. Una de las obras más polémicas es un retrato del excandidato presidencial asesinado Carlos Pizarro Leongómez, el cual fue comandante del M-19 y después de que el grupo armado se desarmara fue candidato presidencial. Este cuadro fue descolgado junto con el de Bernardo Jaramillo Ossa, otro excandidato presidencial de tendencias de izquierda, pese a que él nunca empuñó un arma. Ambas pinturas eran parte de una exposición de candidatos presidenciales asesinados, de la cual Luis Carlos Galán Sarmiento afortunadamente no fue descolgado. Si bien es válido cuestionar y condenar las acciones delictivas de Pizarro, no es válido violar la independencia de una entidad con autonomía técnica y administrativa como el Museo Nacional y exigir el retiro de obras de arte que no se alineen a los principios de un gobierno de turno. Es todavía más preocupante saber que en esa gran purga se retiraron obras y emblemas de la historia nacional como la séptima papeleta, el bolígrafo del Acuerdo de Paz, la cédula de una mujer trans, y demás creaciones y símbolos de resistencia de minorías que han sido históricamente vulneradas y perseguidas como las personas LGTBIQ+. Y tal vez lo más preocupante sea el discurso del presidente De La Espriella para justificar el acto, en el cual afirmó que “El Estado tiene el deber moral, insoslayable y político de impedir que los espacios culturales sean captados por el socialcomunismo ateo”. Loable discurso, sobre todo sabiendo que esa declaración implica saltarse por encima la Constitución, amenazando principios como la libertad religiosa, la libertad de expresión y el respeto del pluralismo. Y del mismo modo es loable la trayectoria de Holguín en su cargo, sabiendo que su experiencia en el sector cultural se limitaba a declarar el carriel patrimonio nacional, y que en estas semanas su hoja de vida ha sido noticia, porque según reportes de prensa no terminó dos maestrías. Paola Holguín es una digna representante de los Nunca, porque al parecer nunca ha terminado un posgrado. Debo decir que celebro que esta decisión haya sido tumbada por una tutela que ordenó conservar y mantener todas las piezas retiradas, así como celebro que la ministra de Cultura haya sido citada a control político por todas estas acciones, pero no por eso dejo de tener preocupación al ver a mi sector tan precarizado. Veo algunas comunicaciones, declaraciones y actos del Ministerio de Cultura y pienso que se está convirtiendo en un Ministerio de Propaganda, que su gestión parece que llevaran una vaca al matadero, y que con lo que fuera quedando de la memoria del país, se va construyendo un relato a la medida del gobierno de turno. Un relato basado en el adoctrinamiento contra el que dicen luchar. Pero cuando se analizan y se entienden sus acciones se ve que es el Ministerio de Cultura el que activamente lo promueve priorizando una imposición ideológica sobre una gestión competente. El arte merece más. Merecemos más que funcionarios incompetentes, descarados y cínicos sin ningún mérito o aptitud para sus cargos, mientras se pasa por alto la formación de tantos profesionales capaces de gestionar estos campos. Espero que la resistencia que está habiendo por parte de varios sectores (museos, bibliotecas, etc.) impida que volvamos a sufrir por algo así, que las funciones del Ministerio tomen la relevancia pública que merecen, y que se mantengan condiciones dignas para los que tenemos la ridícula idea de hacer del arte un oficio. Espero que se nos haga el milagro.
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Ganar era lo fácil Por: @ncalleh El miércoles nos enteramos de que el presidente de la República había apartado de su cargo al ministro del Interior, Rodrigo Lara. En su reemplazo llegaría el exprocurador Alejandro Ordóñez Maldonado, el mismo que, en su momento, destituyó a Gustavo Petro de la Alcaldía de Bogotá en medio del escándalo de las basuras. Lara nunca me pareció un ministro del Interior particularmente destacable. Cometió errores impropios de quien ocupa una de las carteras más importantes del Gobierno y sufrió derrotas políticas contundentes que, en apenas dos meses, han contribuido a erosionar significativamente la confianza que muchos ciudadanos, entre ellos yo, depositamos en este Gobierno. Por eso, su salida no me sorprende en lo más mínimo. Por el contrario, me parece una consecuencia bastante previsible de una gestión que, en muy poco tiempo, acumuló más desaciertos que resultados y terminó por hacer insostenible su permanencia en el cargo. Por su parte, al exprocurador se le conoce por diversos atributos: la firmeza de sus posiciones, su actitud implacable frente a la oposición y su capacidad para defender sus convicciones hasta las últimas consecuencias. No pretendo hacer un juicio de valor sobre estas características; sin embargo, considero que el cargo de ministro del Interior exige otras cualidades, especialmente la capacidad de construir consensos, tender puentes y mantener abiertos los canales de diálogo, incluso con quienes piensan distinto. Hoy, más que nunca, el Gobierno necesita un ministro del Interior capaz de conciliar, alcanzar acuerdos y tender puentes; alguien que, llegado el momento, tenga la altura política suficiente para hacer concesiones a la oposición cuando estas contribuyan al bienestar del país. Porque gobernar no consiste únicamente en defender las propias convicciones, sino también en reconocer que, en una democracia, ninguna fuerza política tiene el monopolio de la razón. El Ministerio del Interior no puede convertirse en una trinchera desde la cual se profundicen las diferencias, sino que debe ser un espacio de interlocución en el que estas puedan tramitarse. Al fin y al cabo, la capacidad de un gobierno para sacar adelante su agenda no depende exclusivamente de la firmeza con la que defienda sus posiciones, sino también de su disposición para escuchar, negociar y construir consensos sin renunciar a sus principios. Como bien se dice en Hamilton, uno de mis musicales favoritos, escrito por Lin-Manuel Miranda: "Winning was easy, young man; governing is harder" (Ganar fue fácil, joven; gobernar es más difícil). Y hoy el Gobierno nacional parece estar descubriendo el significado de esas palabras de una manera que dista mucho de ser la ideal. Porque una cosa es conquistar el poder y otra muy distinta es ejercerlo con la responsabilidad, la prudencia y la capacidad de diálogo que exige la democracia. La llegada de un nuevo ministro del Interior debería representar una oportunidad para corregir el rumbo, reconstruir las relaciones con el Congreso y recuperar la confianza perdida. Sin embargo, me preocupa que el Gobierno esté confundiendo la necesidad de recuperar autoridad política con la de endurecer sus posiciones. La firmeza puede ser una virtud, pero cuando se ejerce sin disposición al diálogo corre el riesgo de convertirse en intransigencia. Al exprocurador, como a todos los que llegan a un cargo en el gobierno, le deseo el mayor de los éxitos, total, si le va bien al gobierno, indefectiblemente nos irá bien a los ciudadanos. Pero ojalá esta nueva etapa sirva para entender que las diferencias políticas no se resuelven simplemente imponiendo posiciones ni convirtiendo a los contradictores en enemigos. Gobernar exige saber cuándo defender una postura y cuándo ceder en ella. Porque, al final, el verdadero éxito de un gobierno no debería medirse por la cantidad de disputas que gana frente a sus opositores, sino por su capacidad para, a través de sus políticas, mejorar las condiciones materiales de sus ciudadanos.
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Cuento de terror Por: @SantiHenaoC Para escuchar leyendo: Dernière Danse, Indila. A la vuelta de la esquina tenemos Halloween, ¿cómo anda este añito, ah? En fin, ya los niños andan puliendo el disfraz y calculando qué cuadras dan mejores dulces. Pero queridos paisanos, quiero aprovechar que aún estamos con tiempo para advertirles sobre una entidad espectral que no sale en las películas, pero que ronda nuestros barrios desde hace décadas. Tengan cuidado con ella cuando salgan a pedir dulces, y sobre todo cuando vayan a dar el voto el año entrante. Nadie sabe bien de dónde salen. Unos dicen que de las sedes de campaña vacías, otros que de los salones oscuros donde se firman los avales. Se les ve deambular cada cierto tiempo, antecitos de las elecciones, persiguiendo a ciudadanos incautos con lemas vacíos y ahora con imágenes de IA baratas. Uno los reconoce por los detalles. Sonríen un segundo de más, extienden una mano tibia y saludan como si lo conocieran a uno de toda la vida, aunque el resto del tiempo ni se acuerdan de que el barrio existe. Repiten siempre la misma letanía: que ahora sí, que esta vez sí. Dicen “vamos a” y nunca dicen quién paga. Aquí en Medellín, por ejemplo, usan siempre la misma camisa celeste de manga larga, se peinan igual, y adoptan un sonsonetico tan maluco que, además de insultar el hablao paisa, lo hace a uno preferir oírle los lamentos a la Llorona misma (Ojalá la de Chavela). Dejan rastros, paisanos, pendones desteñidos en los postes, volantes en el suelo mojado, un jingle que no se le sale a uno de la cabeza. Ahora fabrican abuelitas sonrientes con seis dedos y ciudades relucientes que no están en ningún mapa. Parecen sacados de un mal sueño y solo sirven para que uno siga dormido. En Medellín y Antioquia ya los empezamos a ver. Aparecen al caer la tarde bajo los guayacanes y los yarumos, midiendo los troncos con la mirada y hablando de progreso. Repiten orgullosos que hay que tumbar árboles para abrir más vías, que a la Regional hay que ponerle un segundo piso, y lo dicen sobre un valle que cada marzo se asfixia en su propio humo. No es que no les de vergüenza ¡Es que les da orgullo! Esos espectros no recuerdan la sombra que dan los árboles ni el aire que nos queda. Solo ven cemento y la cara de incautos a quienes les creen. Lo más escalofriante es que no hacen daño enseguida. Esperan. Cuando uno les entrega el voto, la entidad se instala en un despacho con aire acondicionado y se desvanece. Las promesas se pudren despacito: la obra a medias, el contrato torcido, el presupuesto que se evaporó. O peor, cumplen las malevas ideas para asfixiarnos más. Por eso, queridos paisanos, les quiero dejar este cuento con el cariño de vecino: huyan de los politiqueros con promesas baratas y dañinas, de sus hordas de zombis pagados con contratos, porque pueden hacer realidad la peor de las pesadillas. Pidan propuestas con cifras y desconfíen del que solo llega cuando hay votos de por medio. Que los pelaos pidan dulces tranquilos. El verdadero truco nos lo hacen cada cuatro años. ¡Ánimo!
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Vírgenes y payasos como rebeldía Por: @catalinafrancor “El cinismo es hoy el último refugio de los que temen comprometerse”. Elvira Lindo. Hablaba Nuria Labari en su columna sobre las jóvenes que llevan vírgenes y cruces como accesorios por moda, por rebeldía. Jóvenes que crecieron en familias laicas pero a quienes, según ella, las generaciones que las preceden les han fallado, así que no encuentran lugar en el mundo y finalmente les queda “tal vez la Virgen. O la revolución”. Se refería a esa porción de la juventud cada vez más religiosa y más de derecha. Una juventud que pesa en el cambio que vive el mundo, definiendo el futuro de países, sociedades y de la humanidad. Este domingo se votará la segunda vuelta en Brasil. Recurro a Eliane Brum que, instalada valientemente en plena Amazonía para escribir desde dentro de la catástrofe, lleva insistiendo semana a semana desde hace años sobre la gravedad de lo que sucede: “No son unas elecciones normales y quien las trate como si lo que estuviera sobre la mesa fueran dos proyectos compatibles con la democracia está desinformando a los lectores. No hay neutralidad posible cuando lo que está en juego es la propia democracia, la supervivencia de la Amazonia y la vida de muchos”. Y dice el periodista brasilero Joan Royo Gual que los votantes “tendrán en sus manos el destino de la mayor selva tropical del mundo (…) reguladora del clima y dique de contención clave frente al calentamiento global, con las mayores reservas de agua dulce del mundo y unas riquezas naturales que aún se desconocen en muchos casos”. Recordando también que “en los cuatro años del Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva la deforestación en la Amazonía ha caído un 71%, hasta llegar a los niveles más bajos desde 1988. Con Bolsonaro padre subió un 60%”. La Amazonía morirá si gana el candidato de extrema derecha, hijo de un criminal que trató de quedarse en el poder con un intento de golpe de Estado. Muchos supuestos amantes de los animales y la naturaleza miran para otro lado. Así como con la democracia: resulta desolador pensar en aquellos que tanto la defienden, a no ser que la amenaza venga de la derecha. Que buena memoria hay en España, en donde tantísima gente recuerda el horror del fascismo y habla en voz alta para recordarlo e impedir su regreso. "La filósofa Judith Shklar advertía que la frontera entre la desgracia y la injusticia no la traza la naturaleza sino la política, y que solemos llamar desgracia a aquello de lo que no queremos hacernos cargo", escribió Máriam Martínez-Bascuñán. Percibimos el humo en un mundo en llamas. Las tremendas noticias diarias han perdido cualquier capacidad de asombrar proporcional a su gravedad. Hemos dejado de hacernos cargo, sintiendo que nos han fallado, así que millones se rebelan aferrándose a payasos que prometen a los gritos, intentan desafiar a quienes les producen ira, supuestos culpables de todo, y entonces van por ahí exhibiendo su afinidad a las caricaturas artífices de la oscuridad. Ojalá no estuviéramos tan seguros de todo, fuéramos más capaces de dudar. Escribió Juan José Saer en El entenado: “Pero ahora que soy un viejo me doy cuenta de que la certidumbre ciega de ser hombre y sólo hombre nos hermana más con las bestias que la duda constante y casi insoportable sobre nuestra propia condición”. Hubo una vez un año remoto en el que el triunfo de un magnate zanahoria para liderar la democracia más poderosa del mundo pareció un chiste malo. Aquella pesadilla se ha convertido en la norma. Bien lo dijo Antonio Muñoz Molina: “La templanza es menos fotogénica que la ira”.
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Petro, el lastre de la oposición Por: @MateoGrisalesC7 Después de cuatro años marcados por una estridente forma de gobernar, Petro reclama ahora su lugar como líder único e indiscutible de la oposición, la izquierda y las causas progresistas. Sin embargo, el peso de su figura parece ser más un estorbo que un impulso para quienes deberían estar concentrados en ejercer control político y construir una alternativa al actual gobierno. Cada semana, el expresidente vuelve a ser noticia por las secuelas de los desastrosos resultados de su administración en materia fiscal, seguridad o salud; por las graves denuncias de corrupción que rodearon su gobierno o por los escándalos relacionados con su vida privada. Y cada día que la opinión pública concentra su atención en estas controversias es un día menos de escrutinio sobre las decisiones, los errores y los abusos del gobierno actual. Petro fue un mal presidente. No solamente por sus resultados, sino por una forma de ejercer el poder marcada por la megalomanía, el egocentrismo y, sobre todo, la falta de método y rigor. Su liderazgo en la oposición parece ser una prolongación de ese mismo estilo: mucho protagonismo, demasiada confrontación y poca capacidad de organización. La oposición del Pacto Histórico lleva dos meses con un supuesto gabinete a la sombra, pero sin una ruta clara, sin una agenda reconocible y en medio de duras disputas internas. Le entregaron a Petro el protagonismo de las réplicas al presidente y el resultado produce más pesar que interés. Mientras tanto, sus alfiles más experimentados dedican más tiempo a defender lo indefendible de su legado que a ejercer control político sobre quien llegó al poder prometiendo destruirlo. Es una oposición atrapada en la profunda vanidad de su líder. Incapaz de pasar la página, de renovar sus liderazgos y de comprender que defender las causas progresistas no debería significar defender a Petro a cualquier costo. Y ese es quizás el mayor daño que el expresidente le está haciendo a su propio sector político: convertir las causas que dice representar en una extensión de su personalidad. La defensa de la justicia social, la igualdad, el medioambiente o las libertades no puede depender de la lealtad incondicional a un dirigente, mucho menos de la obligación de justificar sus errores. Colombia necesita una mejor oposición. Una que investigue, cuestione, proponga y ejerza un control político serio. Una que entienda que oponerse al gobierno no consiste en protagonizar toda polémica, sino en ofrecerle al país alternativas creíbles. Mientras Petro siga siendo la principal contracara del actual gobierno, y no aparezcan otras opciones viables, los extremos seguirán alimentándose mutuamente. Cada uno encontrará en los excesos del otro la justificación perfecta para los propios. Así, la polarización dejará de ser una consecuencia de nuestra política para convertirse en su principal mecanismo de supervivencia. No confío en que el Pacto Histórico sea capaz de romper ese círculo. Hasta ahora, parece incapaz de organizarse alrededor de un proyecto que no dependa de la figura de Petro. La pregunta es si otros sectores políticos tendrán la capacidad de construir una oposición digna, rigurosa y concentrada en los problemas del país. Porque una democracia no solamente necesita un buen gobierno. También necesita una oposición a su altura.
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¿Cuánto les cuesta la verdad? Por: @Tania_Torres___ La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) enfrenta una reducción de $181.402 millones en el presupuesto de 2027. Aunque el Gobierno anunció que expedirá el presupuesto por decreto, tomando como base el texto aprobado en primer debate, la discusión sobre los recursos del tribunal dejó algo claro: hay sectores políticos que siguen cuestionando su existencia y sus resultados. Me conflictúa la facilidad con la que personas que no han tenido que buscar a un familiar desaparecido, que no han tenido que reconstruir sus vidas después de la violencia o que no han tenido que convivir con las consecuencias del conflicto se sienten autorizadas para reducir una institución de esta naturaleza a una discusión sobre cuánto cuesta. Como si la paz pudiera liquidarse en una hoja de Excel y la reparación de las víctimas fuera un gasto prescindible. La JEP nació del Acuerdo de Paz de 2016, durante el gobierno de Juan Manuel Santos, para investigar y juzgar los crímenes más graves cometidos durante el conflicto armado. No es una institución improvisada ni un capricho político. Su creación responde a la necesidad de esclarecer una violencia que durante décadas dejó a miles de familias sin respuestas y a un país acostumbrado a enterrar a sus muertos sin saber quiénes los había asesinado ni por qué. Hablemos de los falsos positivos. Durante años, la cifra que conocimos fue de 6.402 víctimas, pero la investigación de la JEP amplió el periodo analizado y llegó a identificar 7.837 víctimas de ejecuciones extrajudiciales entre 1990 y 2016. La cifra crece porque aparecen nuevos elementos y se reconstruyen hechos que durante años permanecieron ocultos. No son números para alimentar una disputa partidista. Son personas asesinadas ilegítimamente y presentadas como bajas en combate, familias que merecen saber qué ocurrió y responsables que deben responder por sus actos. A la fecha, los macrocasos y las investigaciones abiertas por el tribunal abarcan alrededor de 840.000 víctimas del conflicto armado. Detengámonos un momento en esa cifra. La JEP ha recibido más de tres billones de pesos desde 2018, según los datos presentados en el debate presupuestal. Si dividiéramos esa suma entre esas 840.000 víctimas, hablaríamos de aproximadamente 3,57 millones de pesos por víctima durante todo ese periodo. Es un ejercicio ilustrativo, no una fórmula para distribuir el presupuesto ni una medida de reparación individual. Pero sirve para preguntarnos algo: ¿cuánto vale recuperar a un hijo desaparecido?, ¿cuánto cuesta devolverle la tranquilidad a una familia que lleva décadas buscando respuestas?, ¿cuánto dinero repara una vida arrebatada? Ni siquiera esos billones alcanzarían para responder al dolor que dejó la violencia. Y, aun así, hay quienes pretenden que la discusión se agote en cuánto cuesta mantener la institución que busca esclarecerla. Que la JEP deba rendir cuentas no está en discusión. Sus contratos, desplazamientos y gastos deben ser transparentes, y sus resultados tienen que evaluarse. Lo que me cuesta entender es que algunos congresistas presenten sus cuestionamientos como si el tribunal no hubiera producido resultados, desconociendo el trabajo de investigación, reconocimiento y búsqueda que ha desarrollado. La justicia restaurativa no consiste en perdonar a los responsables y dejarlos seguir con sus vidas. Exige verdad, reconocimiento de responsabilidades, reparación y garantías de no repetición. La justicia ordinaria tampoco ha conseguido esclarecer por sí sola todos los crímenes de una guerra que atravesó generaciones y territorios enteros. Las audiencias de reconocimiento, los procesos restaurativos y la búsqueda de desaparecidos no son paseos ni actividades innecesarias. Son parte de una justicia que intenta responder preguntas que durante décadas quedaron abiertas. En el caso de Casanare, por ejemplo, las investigaciones sobre personas desaparecidas y presentadas como bajas en combate muestran por qué es necesario reconstruir los hechos, establecer responsabilidades y escuchar a las familias. Para quienes llevan años buscando a sus seres queridos, conocer la verdad no es un resultado menor. Y esta discusión no se puede separar de lo que está pasando con la memoria en Colombia. Las controversias alrededor del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación y las decisiones políticas sobre qué expresiones artísticas deben permanecer en el espacio público me preocupan porque parecen partir de una misma pregunta: ¿quién decide qué debe recordar el país y qué puede borrar de su historia? El monolito del Centro de Memoria no está ahí para decorar una ciudad. Es un memorial que representa el duelo de miles de víctimas y la necesidad de reconocer nuestra historia violenta. ¿También vamos a demolerlo porque nos incomoda lo que representa? La JEP utiliza las instalaciones y plataformas del Centro de Memoria para desarrollar audiencias, transmisiones y diálogos pedagógicos relacionados con la verdad, el reconocimiento de responsabilidades y la no repetición. La memoria y la justicia transicional están conectadas: sin preservar lo ocurrido, sin escuchar a quienes sobrevivieron y sin reconocer a quienes fueron asesinados, difícilmente podremos construir una sociedad que no repita su historia. Esto no se trata de traer a Álvaro Uribe al banquillo de los acusados, como pretenden simplificar algunos la discusión. Se trata de que ninguna persona esté por encima de la obligación de esclarecer los crímenes y responder ante la justicia cuando corresponda. Tampoco se trata de darle a la JEP un cheque en blanco. Se trata de entender que una institución puede y debe ser vigilada sin desconocer el propósito para el que fue creada. La JEP fue concebida para funcionar durante quince años y lleva ocho. No podemos exigir que resuelva en ese tiempo todas las heridas de una guerra que duró décadas, aunque sí debemos pedirle resultados y cumplimiento de sus obligaciones. Mientras discutimos sus costos, hay madres que siguen buscando a sus hijos, niños y niñas que crecieron con familias destruidas y comunidades que hoy enfrentan nuevas formas de violencia y reclutamiento. ¿De verdad creemos que debilitar las herramientas para esclarecer el pasado nos ayudará a resolver esas heridas? Entiendo a los congresistas que exigen explicaciones sobre los recursos públicos. Lo que me cuesta aceptar es que la preocupación por el presupuesto termine pesando más que la obligación de escuchar a las víctimas. Todos los días convivimos con dolores que no sabemos cómo perdonar y, aun así, tenemos el atrevimiento de decidir cómo deberían repararse los demás, cuánto deberían costarnos sus heridas y cuándo tendrían que dejar de hablar de ellas. En un país con tanta violencia, la JEP es necesaria. Podemos discutir su gestión, exigir transparencia y corregir sus fallas, pero no podemos convertir esas discusiones en una excusa para desconocer su papel restaurador ni para cerrar los ojos ante las verdades que todavía faltan por conocer. Hay futuro si hay verdad.
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¿Y el periodismo? Por: @MariantoniaRG “El periodismo, el buen periodismo, debe iluminar, ayudar a entender y decantar en medio de la incertidumbre.” Yolanda Ruiz A la periodista no se le olvidó cómo hacer preguntas. No quiso incomodar a la primera dama, eligió sonreír e, incluso, reforzar las palabras de la entrevistada. El episodio de Vanessa de la Torre entrevistando a Ana Lucía Pineda es una perfecta imagen de lo que acontece entre los periodistas y medios tradicionales con el gobierno de Abelardo de la Espriella: los primeros asumieron la decisión de no incomodar al poder. Y el segundo insiste en señalar cuál es el “periodismo verdadero, el que sí le sirve al país”. Y buena parte de los periodistas de medios tradicionales se mantienen en silencio. Es oportuno recordar las palabras de la periodista Yolanda Ruiz al recibir el “Gran premio a la vida y obra de una periodista” en el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar: “Las sociedades están cimentadas en la confianza y es grave que se pierda. Algunos están interesados en que se pierda esa confianza en la prensa. Para los líderes autoritarios el periodismo independiente es un peligro, una piedra en el zapato, por eso cazar peleas con la prensa está en el manual de todo populista y aprendiz de autócrata, sin importar en qué orilla esté alineado. Para hacerlo se tiende un manto de duda sobre todos en nuestro oficio.” Ruiz describe lo que hoy acontece en Colombia. Que el presidente defina cuál es el periodismo que sí le sirve al país es trazar, sin resistencia, una línea entre los periodistas que le convienen y los que le estorban. El silencio de los medios tradicionales tiene explicaciones. Dependen de la pauta, del acceso a las fuentes oficiales y de mantener una buena relación con quienes gobiernan y cuando ese vínculo pesa más que la pregunta, se nota. Volviendo al discurso de Yolanda Ruiz: “Este trabajo, reitero, es un ejercicio de resistencia pacífica porque nos obliga a ser veedores de todos los poderes. Y todos, absolutamente todos los poderes, quieren en algún momento interferir con la información. Incomodar es parte de nuestra tarea, como preguntar y cuestionar.” Esa tarea exige preguntar lo que la ciudadanía no puede preguntar y contrastar lo que el gobierno dice con lo que hace, sin importar quién gobierne. Un medio que renuncia a esta por acomodarse deja de cumplir su razón de ser, aunque siga llamándose periodismo. Por eso quiero cerrar con un llamado a los periodistas independientes: sé que corren un alto riesgo, pero, por favor, no claudiquen. Serán señalados, probablemente más que los otros, pero la distancia que mantienen frente al poder es lo que les da autoridad y hoy esa distancia está menos contaminada que la de los medios tradicionales. Como sociedad nos corresponde custodiarlos. Un periodista que investiga sin respaldo queda expuesto. Leerlo, compartir su trabajo, apoyarlo económicamente cuando sea posible y no dejarlo solo cuando lo ataquen es lo mínimo que podemos hacer para que la investigación continúe.
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Confiar en el vecino Por: César Herrera De la Hoz El país sabe cuántos homicidios hubo ayer. Casi nunca se sabe cuánto confía una persona en quien vive al lado, y de ello depende, en parte, lo que ocurre antes de que algo se convierta en delito. En Colombia, esa confianza se queda en el círculo cercano. En la octava ola de la Encuesta Mundial de Valores, la confianza en la familia es altísima y en los conocidos sigue siendo alta. Pero cae rápidamente a medida que la persona se vuelve menos cercana y, frente a quien se acaba de conocer, es muy baja. La confianza no es lo mismo que la tolerancia. En Bogotá, la misma encuesta muestra que el rechazo a tener como vecinos a personas de otra raza o a personas homosexuales cayó con fuerza respecto de 2018, aunque persiste en algunas localidades. Se acepta más al otro, pero eso no implica que se confíe más en él. La tolerancia evita el conflicto abierto. La confianza permite la cooperación. Para la convivencia hacen falta las dos. Esto importa para la seguridad por una razón que la academia ha estudiado durante décadas. En un trabajo clásico sobre barrios de Chicago, los autores llamaron eficacia colectiva a dos cosas juntas: que los vecinos se tengan confianza y que estén dispuestos a actuar cuando algo anda mal. Es el vecino que interviene para evitar una pelea en la calle o que reclama por daños en un espacio público del barrio. Los barrios con más de ella registraron menos violencia. Y la diferencia no se explicaba por quiénes los habitaban ni por la violencia que ya habían sufrido. Lo que cuenta no es solo confiar. Es estar dispuesto a hacer algo. Esas acciones pequeñas son el primer nivel de la convivencia y se apoyan en una confianza mínima de que el otro hará lo mismo. Cuando esa confianza falta, el conflicto cotidiano tiene dos caminos. Escala hasta volverse violento, o se resuelve ante un tercero que impone su ley. Y quien desconfía del vecino y de la policía tampoco denuncia, así que el problema no llega a ninguna estadística. Conviene cierta cautela. Los resultados de Chicago no se han replicado de la misma manera en todas las ciudades. Además, la causalidad puede ir en la dirección opuesta, ya que la violencia también destruye la confianza. No es seguro cuál pesa más. Aun así, los indicadores de seguridad casi nunca miden la confianza entre vecinos ni la disposición a intervenir, y una política que no los considera trabaja con solo una parte del cuadro. Medir la confianza no la crea, pero permite saber en qué barrios la convivencia se sostiene por sí sola y en cuáles depende por completo de la autoridad.
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¿Debe el Estado financiar el arte y la cultura? Por: @TrujilloUrrea El mago Kandú volvió a los escenarios esta vez como analista social. El actor Robinson Díaz declaró en una entrevista para el Tercer Canal que rechazaba la afirmación popular de que “hay que apoyar el arte”. Díaz fue enfático en señalar que, si el arte es bueno, las personas van a estar dispuestas a pagar por él como hacen con Bad Bunny o Shakira. El video inundó los perfiles de personas que se oponen a que el Estado financie el arte y la cultura. En tiempos de déficit fiscal, de necesidad de un ajuste al gasto público, los discursos del Estado mínimo ganan cierto brillo. El argumento de aquel que interpretó a Saul en “La Pena Máxima” —una de las mejores películas hechas en Colombia— es, si se quiere, neoclásico en términos económicos. Díaz acepta en su análisis que el sistema de precios es el mejor mecanismo de valoración social. En ese sentido, si una obra es buena los espectadores van a pagar por ella. Lo bueno, en este caso, está dado por la generación de valor económico. Si el público paga, entonces eso habla de la genialidad de la creación artística. El buen arte será aquel que es valorado con dinero. ¿Qué pasa entonces con aquel arte por el que no se paga? ¿No tiene ningún valor y debería desaparecer? Una posible respuesta a esa pregunta la encontramos en la obra de Michael Sandel, el célebre profesor de filosofía moral de Harvard. Sandel plantea que muchas cosas no pueden ser apreciadas por el sistema de precios pues estaríamos efectuando una falsa valoración. Pensemos por ejemplo en uno de los casos más extremos. No permitimos que se establezca un mercado de compra y venta de niños porque estaríamos valorándolos falsamente. Un niño no es un bien de consumo. No creemos que los buenos niños valen más que los niños malos.  En ese mismo sentido, no permitimos que los ciudadanos vendan su voto porque consideramos que hay un valor asociado al ejercicio de la ciudadanía que no puede ser estimado por el dinero, y que, de hacerlo, estaríamos corrompiendo ese bien, convirtiendo un deber cívico en un asunto transaccional. Con el arte y la cultura sucede algo similar. Cuando aceptamos que el precio es el único modo de valorarlo estamos realizando una falsa valoración. El arte y la cultura tienen también valor patrimonial y social. Cuando consideramos que su valía está dada solo por la lógica del mercado lo reducimos a mero objeto de intercambio. ¿Si nadie paga por una canción hecha en nukak makú debería desaparecer como patrimonio colombiano? ¿Si las mochilas Wayuu dejan de comercializarse deberíamos permitir que desaparezcan? ¿El Estado no debería invertir recursos para garantizar el mantenimiento del patrimonio cultural? ¿Solo el arte por el que se paga es el que tiene valor?
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